Eduardo González Viaña: La Orden de Corcuera

José Ruiz Rosas, Arturo Corcuera y Carlos Germán Belli en la premiación en Managua a manos de Daniel Ortega, actual presidente.


Reproducimos la anecdota de Eduardo González Viaña aparecida en Caretas el 1 de junio de 2017.

Mi visión de Arturo Corcuera lo pinta montado sobre Rocinante y arremetiendo contra los molinos para conseguir la libertad de todos los hombres. Lo cuento:

Ocurrió en noviembre de 1992. El autor de Noé delirante compraba unos duraznos en el mercado de Chaclacayo cuando la frutera, una anciana de ojos tristes, le dijo:

–¡Ayúdeme, señor poeta! ¡Ayúdeme a sacar libre a mi hijo Alejandro!

Dos días atrás, el doctor Alejandro Quispe (nombre ficticio) hijo de la frutera, había recibido a una parturienta en agonías….y le había devuelto la vida.

En el primer día de trabajo, el joven profesional había salvado una vida. Y eso, aparte de satisfacciones personales, le traería buena suerte.

Quizás así lo pensó… pero se equivocaba. A la mañana siguiente, un grupo de individuos irrumpió en su consultorio. Los recién llegados buscaron por uno y otro lado. Se llevaron todo lo que encontraban y podían revender, por fin, le informaron que iban a conducirlo a un lugar donde sería interrogado.

Cuando su madre se enteró, no podía entender nada “¿Preso, Alejandro y por qué?” ---“Por terrorismo … porque había atendido y salvado la vida a la mujer de un preso político.”

Según los captores, no lo había hecho por solidaridad humana ni por mero cumplimiento de su juramento médico. Socorrer a la mujer de un preso político era, para ellos, terrorismo.

Con pretextos similares, fueron capturados centenares de peruanos durante el fujimorismo, aunque ellos no fueran los participantes del conflicto interno. Muchos de ellos eran juzgados después en audiencias efímeras y condenados sin pruebas por jueces enmascarados. Quienes no lograron entonces el auxilio de organismos internacionales de justicia, han permanecido o permanecen largos años de su vida encarcelados en condiciones de enclaustramiento y tortura.

Tal vez la anciana había oído decir que los poetas o los hombres de largo pelo blanco eran hombres de bien, y por eso se dirigió a Arturo, su casero, y este se dio cuenta de que tenía que actuar de inmediato. Si no lo hacía, el joven médico podía ser condenado de por vida, o acaso desaparecido, y nunca más se sabría de él.

Corcuera buscó abogados, médicos y periodistas, pero muy pocos se atrevían a defender a Alejandro por el temor de también ser considerados “terroristas”. Más bien, le recomendaban prudencia. Al final, recordó que el ministro de Justicia de ese tiempo –Fernando Vega Santa Gadea– había sido su amigo de infancia, y le escribió.

Tres días después, recibió respuesta. Le iban a permitir ver a Alejandro. Para ello, debía esperar en una esquina de Chaclacayo un vehículo, y hacer lo que le ordenaran.

El riesgo era grande. Ese mismo año, nueve alumnos y un profesor de la Universidad de Educación habían sido secuestrados por gente perteneciente al ejército peruano. Sus cadáveres carbonizados fueron encontrados poco después.

Nadie puede ser libre hasta que todos lo sean.

El poeta se atrevió. Nada dijo en casa para no asustar a Rosi, su esposa, pero a la hora indicada estaba subiendo a un carro de lunas polarizadas, y cuando estuvo adentro, no pudo creerlo. El hombre sentado a su lado era Alberto Fujimori, el dictador del Perú.

–Usted, poeta, me va a acompañar en algunos asuntos pendientes, y después iremos a la cárcel para visitar a su amigo.

¿Qué lo indujo a proceder de esa manera? ¿Propaganda? ¿los argumentos de Arturo? No lo sabemos…Se pasaron varias horas recorriendo pueblos en los que Fujimori daba discursos y obsequiaba calendarios con su foto. Por fin, pasaron el río y entraron en la cárcel.

–Usted pase primero para que se salude con su amigo– dijo Fujimori. Arturo estaba preocupado porque había tenido que decir que el preso era su médico, aunque no lo hubiera visto jamás.

Sin embargo, todo fue bien, y al día siguiente, el médico regresó libre a su hogar.

Y yo regreso a la primera línea de este texto. Sé que mi amigo Arturo sanará porque tiene el alma colmada de poesía y presiento que continuará buscando la libertad de todos porque su corazón sabe que nadie puede ser enteramente libre hasta que todos lo sean.



Eduardo González Viaña: La Orden de Corcuera Eduardo González Viaña: La Orden de Corcuera Reviewed by Cierre Penal Militar de la Base Naval del Callao on junio 04, 2017 Rating: 5

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